Stanford y ESEN: De cómo la arquitectura envía mensajes encriptado

Cambiar vidas, cambiar organizaciones y cambiar el mundo” es el lema que inyecta propósito al Graduate School of Business de la Universidad de Stanford. Con más 30 billones de dólares en su dotación financiera, la Universidad de Stanford se consolida como de las más influyentes universidades del mundo. Ese cómodo respaldo para sus operaciones proviene de la contribución de sus alumnos y los generosos donativos de sus graduados (como por ejemplo: los fundadores de Google, el fundador de Nike, +13 Premios Nobel y graduados que han fundado empresas que han generado más de 2.7 trillones de dólares al mundo y más de 1.5 millones de empleos) que alimentan la mística que fue instaurada en 1886 por Leland y Jane Stanford quienes decidieron crear un monumento de amor puro a favor de la educación, en memoria de su amado hijo Leland Stanford Jr.  quien a sus 15 años perdió la vida con el fin de: “Brindar una instrucción que califique a los estudiantes para el éxito personal y de utilidad directa en la vida, pero con el entendimiento que la educación es ofrecida en la esperanza y confianza que se transformarán de mayor utilidad para el público.”

El campus de la Universidad de Stanford, ubicado en la privilegiada (palabra clave y de gran reflexión) Sillicon Valley de la costa norte de California cubre un área de más de 33 kilómetros, convirtiéndose en sí en una ciudad que ofrece todo tipo de actividades deportivas (inclusive un campo de Golf, donde Tiger Woods practicó cuando fue estudiante), intelectuales, religiosas y culturales. Stanford University es en sí un mundo aparte donde se explotan las capacidades sensoriales e intelectuales de sus habitantes al máximo. Lo sé, porque estuve inmerso en intenso y significativo programa ofrecido por el programa de educación ejecutiva de la Graduate Business School, que ejecuta sus actividades en el Knight Management Center (nombre en honor al fundador de Nike quien generosamente donó 105 de los 345 millones de dólares que costó la creación de este complejo de edificios que conforman el campus dentro del campus) en donde, gracias a la idea de Sarah Soule y Thomas Wourste de crear un programa de liderazgo que se mezcle con la identidad personal en aspectos de orientación sexual e identidad de género, tuve el gran privilegio y gusto de compartír, aprender e inspirarme de las historias personales de personas de Suráfrica, Brasil, Canadá, Tailandia, Estados Unidos de América, Australia, Nueva Zelanda, Dinamarca, India, Irlanda, Alemania, Inglaterra y Suiza (y El Salvador) que representaban a instituciones como Facebook, Google, Spotify, NBC, BCG,  así como representantes de diferentes ONGs… 

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¿Cómo me sentía? Creo que una mezcla de una emoción con incredulidad de ser parte de tan selecto grupo, me sentía en cierta forma como la canción de “Lucha de Gigantes” (de Nacha Pop) pues para mi es intimidante la enormidad en la que me encontraba inmerso. Para mi sorpresa, a pesar de nuestros contextos sociales, culturales y nacionales tan diversos, tenemos tantas similitudes que permitió crear una suerte de hermandad  que es lo que hace que los programas de Stanford sean tan valiosos. Pues a pesar de la intensidad (sesiones que iniciaban a las 6 de la mañana a 1930) de la jornada, fueron diseñadas con espacios para la interacción que permite crear vínculos especiales que se regocijan de venir cubiertos por la conexión que proviene por aspectos  que otorga la identidad personal (LGBTQ).  

Todo el grupo dormíamos en el Centro Residencial Schwab el cual fue diseñado por la firma de arquitectos mexicana Legorreta, la misma firma que diseñó la Escuela Superior de Economía y Negocios (¡vaya coincidencia! pues mi Alma Mater es ESEN), así como otras obras de importancia en Centroamérica (los Multiplaza, por ejemplo) que por medio del diseño me dejaba entre líneas que no había razón para estar intimidado, que en nuestros países Centroamericanos también hay madera para trabajar y crear grandes proyectos.

Así, por si aquello no fuera ya bastante, en lo que me encontraba caminando en los pasillos del residencial Schwab (diseñado por el arquitecto Legorreta) me encontré sentado en una de las bancas al mejor amigo de mi primo Marito, quien no había visto en varios años y que también es salvadoreño (“¿Qué estas haciendo aquí maje?” Entre risas nos dijimos ambos en buen tono salvadoreño) e intercambiamos breves palabras para confirmar de la misión que nos deja Stanford y que la vida nos habla al respecto con nuestro compromiso de cambiar la realidad de El Salvador. Así como también, que si dos salvadoreños nos encontramos en un Campus que en parte fue diseñado por un arquitecto que también ha trabajado en El Salvador, que es señal también de algo. Tengo la confianza y seguridad que la vida habla de esa manera, en código encriptado, que debemos reflexionar y creer qué podemos hacer la diferencia, para efectivamente hacerlo. No me queda duda que si él y yo pudimos, también quién lea estas lineas.

Agradezco finalmente a Jesús Alvarado de Nike, Lisa Blair de Stanford University por haber creado las condiciones para que yo pudiera asistir al programa. Así como a mis profesores y compañeras/os que enriquecieron mi experiencia en en el breve paso que tuve en el mágico campus de Stanford University.